Artículo de Lucas. J. J.Malaisique que habla sobre cómo a través del ritmo diario y el hablar al niñ@ con claridad, evitamos conflictos mayores como gritar o pegar, que siempre deberíamos evitar.

El límite es definido como “Línea real o imaginaria que separa dos territorios”. Aunque parezca raro, los límites generan libertad, pues al precisar lo prohibido establecen también todo aquello permitido. Son absolutamente necesarios ya que organizan y crean una realidad, generan valores, transmiten maneras de ver la vida y de vivirla. Son paradigmas, anclajes a la realidad que nos proveen cierta estabilidad y, a partir de ello, generan sensación de tranquilidad y bienestar.

El establecimiento de límites consta –en la mayoría de los casos– de dos fase, la transmisión del límite y las consecuencias. Aquí solamente expondremos la fase 1.

La transmisión del límite

Para transmitir límites no basta con verbalizarlos. Los límites necesitan, además, de algunas características clave. Han de ser: predecibles, unánimes, claros, firmes, coherentes, flexibles y aplicados con paciencia.

El límite ha de ser predecible. Es importantísimo establecer rutinas y un orden familiar para que el niño sepa qué pasará si transgrede el límite, y así se acostumbre a hacer sus tareas. Cuando se establecen rutinas el reloj biológico se acostumbra y el niño deja de enojarse a la hora de cumplir con sus deberes. Pero si estamos haciendo desarreglos en su rutina él sentirá un “nuevo comienzo” a cada rato, lo que lo pondrá de mal humor. El niño debe ser un “relojito suizo”, con horarios bien cuidados y precisos para cada actividad: despertar, desayunar, ir a la escuela, almorzar, descansar, merendar, hacer la tarea, jugar…

Para poder poner límites con facilidad y sin costo emocional (sin enojos) es necesario un acuerdo entre todos los educadores, logrando un mensaje unánime. Los adultos (todos los que intervienen en la educación del niño: padres, abuelos, niñera, tío, etc.) deben generar acuerdos en cuanto a los límites y penitencias, es decir, deben decir lo mismo y jamás desautorizarse mutuamente frente al niño. Los niños suelen ser un espejo de la situación familiar, de modo que la unanimidad entre adultos (pareja y demás tutores) es clave para que estén calmos y respeten límites.

Debe haber claridad en el mensaje: los tutores deben ser precisos con lo que piden. El niño no nació sabiendo, de modo que cuando le pedimos que esté tranquilo, tendremos que explicarle qué es estar tranquilo y cómo puede lograrlo. Si le pedimos que estudie, tendremos que especificar horarios, lugar, elementos de estudio y demás. Para que el límite pueda ser claro, los padres, tutores y docentes deben tener ellos las cosas en claro a priori. Por eso es bueno, cada tanto, meditar y sentarse a hablar respecto de creencias, valores, hábitos… En fin, de lo que está bien y lo que está mal, para transmitirlo eficazmente. Cuando existe un acuerdo manifiesto y profunda claridad por parte de los educadores sobre aquello que está permitido y lo que no, esto es transmitido sin problemas al niño, quien lo recibe sin mensajes dobles ni confusos. Pero si en lugar de ello existen dudas, titubeos, desacuerdos constantes o miedo a perder el amor del niño, éste prontamente aprenderá a tomar ventaja de ello (pues los chicos son particularmente sensibles a la hora de detectar dudas o falta de seguridades y certezas por parte de los padres), y así el límite difícilmente llegará a establecerse.

El límite debe ponerse de manera firme: sin gritos ni enojos pero con vehemencia en el tono de voz y con actitud seria. El 93% del mensaje es corporal, y sólo el 7% es simbólico (verbal). Por lo tanto no basta con decir el límite, hay que transmitirlo. Los padres inseguros les enseñan a sus hijos, sin darse cuenta, que todos los límites son negociables. A diferencia del límite débil que está a punto de ser volteado y sólo requiere de unos pocos empujones e insistencias para que el niño gane, la firmeza enseña que el límite no es negociable. Claridad y firmeza se manifiestan en la vehemencia del tono de voz, en una mirada, un gesto… Esto es más que suficiente, y hace innecesarias las interminables explicaciones persuasivas, el grito e incluso el golpe.

Los padres deben tener una conducta coherente con lo que piden: se trata de ser ellos mismos lo que quieren ver en el niño, pues éste aprende mucho más de lo que ve que de lo que se le dice. Es necesario enseñar con el ejemplo. Los niños son “esponjas conductuales” que absorben todas las conductas: las buenas y las malas.

Además, recordad que la paciencia da tiempo a que se incorporen y respeten progresivamente los límites. En este proceso, a medida que descubren el mundo y sus reglas, los niños necesariamente cometen errores, pues no nacieron sabiendo. La asimilación del límite muy pocas veces se da instantáneamente, por lo cual es muy importante ser pacientes y calmos. Los niños necesitan padres seguros y tranquilos. Muchos, al poner el límite, lo hacen retando al niño de antemano, a los gritos, enojados, como anticipándose a que no van a ser respetados, impartiendo el castigo antes de que el niño transgreda el límite. ¡No! Sé tranquilo y sereno –tanto como firme y seguro– al hablar sobre el límite. Ya veremos qué hacer cuando el niño transgrede.

Por otro lado, los límites deben ser flexibles según el paso del tiempo: no es lo mismo un límite para un niño de 3 años que el que le pondremos a uno de 7, de 10 o de mayor edad. Los límites deben ser modificados a medida que el niño crece y gana autonomía. Pero si los límites carecen por completo de firmeza y son modificados a cada rato, le estarás enseñando al niño que, insistiéndote, todos los límites son negociables y por lo tanto puede hacer lo que le plazca.

Luego de la transmisión del límite, algunos niños necesitan verificar que efectivamente éste existe, y lo harán transgrediéndolo para ver qué sucede. Aunque te parezca raro, para terminar de poner el límite es necesario que el chico lo transgreda y vivencie las consecuencias. Sólo así aprenderá que ahí hay un límite.

Extracto del libro: DESCUBRIENDO MIS EMOCIONES Y HABILIDADES 2ᵈᵃ Edición, publicado en Educación Emocional. Lucas. J. J.Malaisique