En la adolescencia los jóvenes oscilan entre dos polos. Unos parecen sufrir de mutismo, otros se expresan con arrebatadora impulsividad.  Dar voz al callado y ayudar al intrépido a expresarse de forma más asertiva son nuestros grandes retos como educadores. Desde luego en clase o en casa  no solemos quejarnos de los mudos, de aquellos “chicos buenos”. Ni nos ocupamos ni nos preocupamos por ellos, porque no molestan. Más desagradables son aquellos que con sus comentarios irritantes ponen en tela de juicio nuestros criterios, modos y metodología. Esos jóvenes insolentes, que no se callan, que no soportan la hipocresía, que discuten nuestro punto de vista, que dicen lo que sienten y piensan. Estos, en gran medida, tienen un fondo de razón en lo que dicen, el problema es que no han aprendido (aún) a expresarse de manera adecuada, respetuosa y clara. No aprendieron a decir lo que sienten y piensan desde sí mismos sin a herir al otro. El mutismo también es una forma de protesta y también a éstos jóvenes hay que ayudarlos a expresarse verbalmente, ya que corren el riesgo de en vez de dañar al entorno, auto dañarse. La rabia que no sale hacia afuera, quema hacia adentro.

En definitiva, hablar está bien, expresarse está bien, el tema es aprender el cómo.

Les compartiré una experiencia que tuve con mi hija en estos días. Mi hija pertenece al grupo de jóvenes retadores, de esos que no se callan. La sociedad necesita voces que protesten, que den voz al silencio de la hiper conformidad. Necesita de jóvenes que se revelen ante lo absurdo de este sistema educativo, pero que también sepan respetar, dialogar, comprender, razonar, empatizar.

Respecto a los objetivos del lenguaje en las diferentes etapas del desarrollo, Rudolf Steiner matizó la importancia de que en el primer septenio los niños aprendieran a hablar correctamente, a hablar bien. En esta etapa es de vital importancia que el adulto hable con una articulación clara y que haya una coherencia y unidad entre sus palabras, sus gestos y sus pensamientos. Es la etapa en la que el niño debe sentir que el mundo es bueno, ya que esa confianza le dará la seguridad necesaria para desplegarse. Nuestro rol es el de un adulto digno de ser imitado, ya que los niños aprenderán a través de nuestro ejemplo.

En el segundo septenio el niño debe poder conectar con la belleza del lenguaje. Aquí, además de hablar articulando correctamente cada sonido, el niño puede empezar a sentir y distinguir los diferentes gestos y dinámicas de las palabras. Puede percibir como según el tono y expresividad que pongamos, una palabra puede sonar más bella, más idónea. Es la etapa en la que el niño, para poder desplegarse plenamente, necesita sentir que el mundo es bello. Y aquí la poesía, con todo su potencial, representa la sublimación de la belleza del lenguaje. Nuestro rol debería ser el de un adulto creativo, autor de sus propios pensamientos y actos. Eso generará lo que en la pedagogía Waldorf llamamos autoridad querida. (Un maestro que repite como un loro la lección escrita en el libro de texto, difícilmente conseguirá verdadero respeto…).

En la adolescencia Rudolf Steiner destaca la importancia de que los jóvenes conecten con el poder del lenguaje. Y es cierto, el lenguaje nos empodera, nos sitúa plenamente como yoes frente a otros yoes, es el vehículo a través del cual podremos o no,  desplegar nuestra personalidad y nuestra individualidad. A su vez, esta es la etapa en la que el joven necesita sentir que el mundo es justo, o mejor dicho, tiene un gran anhelo y necesidad de justicia. Es la época en la que tiene que poder conectar con sus más profundos ideales, de lo contrario, se queda solo en los ídolos (ídolos de rock, de deporte…). Como adultos nos respetan si también en nosotros perciben la llama de sus ideales, la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Si gritando a un niño pequeño le decimos que se calle, no se calla, porque lo que imita es el grito. Si faltándole el respeto a un joven le decimos que nos tenga respeto (“porque lo digo yo”) se rebelará  consciente o inconscientemente ante esa falta de justicia y es difícil que nos respete de verdad. También aquí seguimos siendo un referente.

En “metódica didáctica”, Rudolf Steiner expone el camino de enseñanza de la lengua, señalando que entre los 7 y 9 años, enseñemos a los niños la gramática (de su lengua materna), es decir, la estructura, lo correcto. Entre los 9 y 12 años que enseñemos la retórica, es decir la belleza del lenguaje,  a través de narraciones descriptivas. Entre los 12 y los 15 años, que trabajemos sobre la dialéctica, el poder de la lengua, a través de trabajos escritos y orales donde haya que explicar. Vemos la secuencia: lo correcto, lo bello, lo poderoso; la gramática, la retórica, la dialéctica; la estructura, la descripción, la explicación.

Es  importante permitir a los jóvenes que se expliquen. Explicar requiere de una reflexión donde intervienen tanto los pensamientos como los sentimientos, lo objetivo con lo subjetivo. Una descripción de un árbol es objetiva, o al menos Rudolf Steiner cuando se refiere a la importancia de la descripción, se refiera a la capacidad de abrir los sentidos al mundo y ser capaz de verlo y describirlo, sin aún implicación emocional. En la explicación, el Yo incipiente se pone en marcha, surge algo desde dentro que quiere expresarse y se intensifica la interacción entre su interior y el mundo.

A esta edad no podemos ser nosotros los que les explicamos todo. No podemos ni debemos callarlos. Es el momento en que les toca a ellos, explicarse, expresarse y confrontarse.

En la adolescencia sería un error querer callar las voces de protesta. Es legítima y natural su sed de justicia. Importante es acompañarlos y ofrecerles herramientas concretas, para poder encauzar positivamente tanta vitalidad. O bien ayudar a los que no hablan, a despertar de la apatía y conformismo tan propio de nuestra era, permitiéndoles explorar las intensas emociones propias de su edad.

En esta etapa el teatro es maravilloso como medio de sacar a flote todas las emociones que ahora quieren ser liberadas. Torbellinos de sentimientos encontrados, contradictorios, fugaces. Además del teatro en sí, Rudolf Steiner sugirió trabajar con lo que él denominó “Los seis gestos anímicos básicos”. Estos son: hablar directo, ensimismado, dudoso, antipático, simpático y situado en sí mismo. A partir de estas emociones básicas surgen todas las demás. Se lo trabaja desde el cuerpo y la palabra y nos permite hacer frases o escenas, desde diferentes gestos y tomar conciencia de cómo cambia el mensaje al cambiar la emoción. También es útil la improvisación en base a los cuatro temperamentos. Esto nos permite elevar a lo artístico los procesos latentes, conocer, ordenar y aprender a canalizar y expresar lo que hay dentro. Y más allá de lo artístico, los jóvenes ya están preparados para que reflexionemos juntos sobre nuestra mutua manera de comunicar. Podemos observar y analizar conflictos ocurridos y fijarse metas e intenciones comunicativas.

Hablar con asertividad significa que hemos trascendido la etapa de callar nuestros sentimientos y también la de escupirlos sin escrúpulos; significa que somos capaces de expresarnos con claridad y sin atacar al otro. Y hablar del poder del lenguaje es hablar de la eficacia de llegar con nuestras palabras, en definitiva, de la asertividad. La asertividad conjuga armónicamente lo correcto, lo bello y lo poderosos del lenguaje, es el camino final de una comunicación madura que ya pasó por sus diferentes etapas.

 

Ejemplo de resolución de conflictos con mi hija adolescente

Hace pocos días viví una situación con mi hija que nos llevó a un proceso muy interesante  de resolución de conflictos. Estaba indignada por una respuesta de una profesora a un comentario suyo y que había desembocado en un parte y una reunión “correctiva”.  Más allá del incidente concreto, me sorprendió la manera poco asertiva del centro en su intento de resolver el conflicto.

El desencadenante había sido el tono poco elegante con el que mi hija, había desmentido la existencia de unas tareas que la profesora había enviado por mail, simplemente porque no había visto el mail y en su exceso de impulsividad, dijo que no había tareas. Pronto la discusión sobre los textos de Hamlet tomó el cariz de verdadera tragedia griega… En una reunión con el equipo directivo mi hija fue acusada en tono muy enérgico y sin dar opción a qué exprese su punto de vista, de cínica, de organizadora de un complot contra la profesora, de hacer el mal a la profesora con alevosía,  manipuladora,  irrespetuosa, etc. etc.

También los adultos tenemos heridas y sobre reaccionamos injustamente. Este había sido el caso, una reacción desmesurada en relación a los hechos reales.

Así es que nos pusimos manos a la obra, en un intento de analizar lo sucedido, buscando sacar de esto un verdadero aprendizaje. Ya que la conversación que había tenido con el centro, lejos de ser correctiva y constructiva había provocado todo lo contrario, me dispuse a usar una metodología completamente diferente, que tuvo tan buen resultado, que ahora quisiera compartir con ustedes.

  • El primer paso consistió en dejar que expresara libremente en una lista todo aquello de lo que había sido, según ella, acusada injustamente.
  • En segundo lugar, escribió lo que ella reconocía, la parte de verdad de los reproches de los profesores.
  • En tercer lugar la ayudé a descubrir el potencial positivo suyo oculto en sus defectos. Vimos por ejemplo que detrás de estas conductas impulsivas y enérgicas potencialmente latía en ella la capacidad de liderazgo, de expresar sus pensamientos y sentimientos, de defender la justicia etc.
  • Eso nos llevó a plantear la estrategia para poder transformar sus características negativas en dones positivos.
  • Entonces volvimos hacia atrás y le pedí que escribiera cómo se había sentido durante aquella reunión.
  • Eso nos llevó a trazar paralelismos entre su conducta y la de la profesora. Ahondamos un poco más y pudimos acercarnos a los puntos comunes y los parecidos entre ambas (profesora y ella).
  • Esto provocó una mirada compasiva. También los adultos tienen sus errores y heridas.
  • Escribimos entonces qué aspectos sería positivo que transformaran ambas. Sin reproches, enviamos mucha luz a la profesora, pero volvimos a centrarnos en Mar, con la conciencia, de que si queremos cambiar la conducta de otro, tenemos que empezar por cambiar nuestras propias conductas. El cambio empieza en nosotros. El cambio somos nosotros. Igualmente observar las actitudes de los otros actores nos llevó a reflexionar sobre las relaciones, sobre las proyecciones, sobre cómo en la interacción con los otros, el otro nos activa patrones de dolor nuestros, y es importante distinguir entre el daño real que nos hacen y nuestras propias heridas que se abren.
  • A todo esto, yo fui pasando de la rabia a la gratitud. Primero estaba muy enfadada por lo ocurrido en esa reunión. Pronto tomé conciencia de que el enfado era tanto, porque yo misma había conectado con los momentos de mi vida donde sentí injusticia, donde no fui escuchada, donde fui falsamente acusada. Comprendido esto,  pude ver que en realidad habían hecho un gran favor a mi hija. Aunque de manera brutal e injusta, había podido experimentar hasta dónde puede llevarnos una manera inadecuada de expresarnos. Su propia falta de asertividad la había metido en ese enredo. La incapacidad de comunicarse de manera neutral, había provocado un sinfín de malos entendidos. Di gracias por lo sucedido y recordé además que el propio director, días más tarde, se había disculpado ante ella, gesto que valoramos inmensamente. De pronto tuve la imagen de todas las sombras de los implicados espadénadose, las sombras, los dobles, los egos, chillando en aquella reunión. Pero entre tanto (ya habían pasado tres días), sentía que la oscuridad desaparecía y podía volver a ver a todos en su fondo, en su esencia, todas personas luminosas y de buen corazón e intención. Durante algunas noches imaginé a todos, hija y docentes, comunicándose desde su lado más positivo.
  • Y entonces vinieron los compromisos y verdaderos anhelos de cambio. Yo me comprometí a visualizar a mi hija con sus potenciales positivos para ayudarle a que emerjan. También a pararla y servirle de espejo, cuando sus palabras se tiñen de tonos inadecuados. Mar se comprometió a esforzarse por auto controlarse y por expresarse sin herir, de manera más amorosa y no por eso menos auténtica. Meses antes, también inspirada por el conflicto con esta profesora, Mar había asistido a un taller de Encuentro con mi voz, donde había tenido una experiencia muy transformadora. Ahora tocaba mantener y trabajar sobre esa experiencia. Me pidió que la ayudara haciendo resonar su nombre por las mañanas, así como lo había hecho en el taller. Los días fueron pasando y Mar expresó sus ganas de hacer algún otro taller de crecimiento personal, ganas de hacer yoga, de cantar, de bailar, de hacer teatro. También expresó sus ganas de tener más tiempo para pasear por la naturaleza y a través de ella reconectar consigo misma… Dijo finalmente, “necesito sentirme bien conmigo misma”. Y dio en la clave. Es difícil sentirnos bien en nuestro entorno, soportar al de al lado, si ante todo, no nos soportamos ni a nosotros mismos.
  • Estoy segura de que si todos tuviéramos más espacios creativos, lúdicos, expresivos y de comunión con la naturaleza y con nosotros mismos, podríamos canalizar, liberar y curar nuestras heridas que llevan a tanta hiper reactividad, y podríamos tener una comunicación y unas relaciones mucho más armónicas y verdaderas.

 

Tamara Chubarovsky, marzo 2016

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Nota de finales de junio del 2016: Ambas hicieron un proceso hermoso y profesora y alumna terminaron el curso con una relación de conexión, cercanía y respeto mutuo. ¡Un inmensa alegría para todos!