4 sentidos básicos que quizá no conoces

Si te digo “sentidos básicos” seguro que piensas en 5: vista, olfato, gusto, tacto y oído.

Los niños, desde que nacen, perciben olores, colores y sabores.

Pero existen otras percepciones (sentidos) que se desarrollan en los primeros siete años y que son los canales más importantes a través de los cuales los niños se experimentan y se autoperciben.

Estos cuatro sentidos básicos son:

  • El vestibular o de equilibrio, gracias al cual se orienta en el espacio. 
  • El táctil, que le sirve para percibir sus propios límites corporales. 
  • El propio-perceptivo, mediante el que percibe su propio movimiento.
  • El sentido vital o del bienestar. Con el que siente sus funciones vitales, sobre todo cuando aparece una necesidad o desequilibrio: dolor de tripa, frío, sueño, hambre…  

Durante los primeros siete años de vida estos sentidos deben desarrollarse y fortalecerse. Si no es así puede afectar a la motricidad, el comportamiento y/o capacidad de aprendizaje, porque cada uno de estos sentidos está relacionado con otras capacidades.

¿A qué capacidad afecta cada uno de estos sentidos?

Sentido del equilibrio

Es la base de la escucha y comprensión de las palabras. Por esto tiene gran influencia en el desarrollo del lenguaje y capacidad de atención. Además proporciona confianza, estabilidad y equilibrio interior.               

Sentido propioceptivo   

Es la capacidad de mover cada músculo del cuerpo de manera independiente (libre de reflejos primitivos). Por eso es la base del desarrollo del  lenguaje, ya que la articulación es motricidad. Además aporta autocontrol, autoestima y es determinante en la agilidad mental.

Sentido vital

Jean Ayres lo llamó sentido del bienestar, ya que produce exactamente eso, bienestar. 

Aporta calma, paciencia y salud. Sólo piensa en un niño que han dormido mal o que tiene hambre y cómo eso les provoca inquietud e intolerancia.  

Rudolf Steiner lo llama sentido vital, ya que está íntimamente relacionado con las funciones y ritmos vitales de sueño, alimentación… es decir, con las funciones reguladas por el cerebro primitivo.  En su Teoría de los doce sentidos, Rudolf Steiner relaciona este sentido con la capacidad y desarrollo del sentido de la percepción del pensamiento ajeno, es decir, del pensamiento del otro. La clave para desarrollarlo en la infancia es el ritmo. 

Sentido del tacto

Es la base del “tacto” en el trato con los otros, de la percepción del otro y el respeto. El tacto influye mucho en el comportamiento por su estrecha relación con la capacidad de percibir al otro y de percibir el límite propio y ajeno. Si está inmaduro o existe un desajuste en la percepción táctil, el niño puede tener tendencia a pegar u otras dificultades al relacionarse. 

Los niños necesitan poder percibirse a ellos mismos para ser capaces de percibir a los otros sin sentirse amenazados o sin necesidad de buscar contacto de forma compulsiva. 

El sentido del tacto, cultivado correctamente en la infancia, se transformará en el sentido social de la percepción del Yo ajeno, es decir, de la percepción del otro.

¿Cómo garantizamos el buen desarrollo de los 4 sentidos básicos? 

Muy simple: Jugando y viviendo experiencias propias de la infancia:

  • El tacto: jugando y experimentando diferentes texturas texturas, materiales, tamaños y pesos. Y que sean naturales: piedras, barro, arena, lana, masas, ramas,,, Además de una buena relación de tacto y contacto con las personas de vínculo.
  • El sentido propio perceptivo: jugando, corriendo, saltando, trepando. Haciendo canciones y juegos de dedos y Rimas con movimiento armónicos. Los niños necesitan adultos afectuosos que les permitan disfrutar de la alegría de moverse en libertad.
  • El sentido vestibular o del equilibrio: columpiándose, meciéndose, saltando, patinando, montando en bici, en zancos. Además con un entorno de adultos equilibrados y centrados.
  • El sentido vital o del bienestar: Con ritmos regulares de sueño y de alimentación. Ritmos armónicos de estar fuera y de estar dentro, de estar en movimiento y estar quietos. Y con rimas, canciones y juegos de movimiento que sean rítmicos.

Lo mejor es que un buen rato diario en el parque (o en plaza) garantiza un estímulo básico de estos sentidos. 

Por eso… haga el tiempo que haga, anímate a salir a la calle con los niños.

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